Nuestra vida de adoración ha de ser una ofrenda continua y renovada, unida al único ofrecimiento de Cristo, que dio su Cuerpo y su Sangre por todos. “Nuestra vida tiene que ser una continua Misa, ofrecida por todos los hombres.” (Madre Concepción)
Tratemos de comprenderlo mejor:
A la Santa Misa le llamamos “Sacrificio de la Misa” porque es la renovación del Sacrificio del Calvario. El Sacrificio de la Misa prolonga a través del tiempo el Sacrificio del Calvario (la presencia de un crucifijo en el altar o cerca de él, nos recuerda esa realidad).
Esta prolongación es posible por la TRANSUBTANCIACIÓN, por ese maravilloso y único milagro que ocurre en cada Misa, cuando el Pan y el Vino, conservando sólo su apariencia, se convierten verdaderamente, sustancialmente, en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que se ofrece al Padre (de manera incruenta pero no menos real) para nuestra salvación. El sacrificio es uno, la Misa lo actualiza, lo renueva para nosotros, lo hace presente (en el sentido más profundo del término)
Milagro por el que Jesús hace efectiva sus palabras: “Yo estaré con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28,20) y que nos permite a nosotros, hombres y mujeres de cualquier tiempo y lugar, unirnos a Su Sacrificio y ofrecernos también con El, por El y en El, al Padre…. Y a diferencia de los del Antiguo Testamento, nuestro ofrecimiento unido al de Cristo, tiene valor de Redención…
La Misa nos acerca al Presente continuo de Dios, nos saca del tiempo (que es nuestro gran “invento”) para introducirnos en otra dimensión: en la dimensión de lo eterno, de la Presencia plena, de la Vida… El tiempo fragmenta la presencia, el tiempo nos divide, el tiempo nos des-integra: En Dios todo es plenitud. En la medida que profundizamos en la unión con El se borran los límites, las divisiones, las ausencias, las distancias: la Vida sigue venciendo a la muerte... Contrariamente a lo que se pueda pensar, la unión con Dios nos conduce a la más plena y absoluta libertad de espíritu. Un alma transformada por la gracia de Dios es una fuerza, una potencia, y adquiere también ese poder transformador de cuanto le rodea, porque se vive con la cabeza en el cielo, pero sin dejar de tener los pies en el suelo, sin dejar de estar “parados” y “comprometidos” con la realidad de cada día…
Nos integramos, nos unimos, nos hacemos presente y presencia para el otro, estamos ahí a su lado siempre, como siempre está a nuestro lado Jesús, el Hijo, por el Espíritu… y quien es el Espíritu?... El Espíritu es el AMOR… Allí está el resumen y la clave que San Juan expresó magistralmente: DIOS ES AMOR… (1Jn 4, 16).
Y he ahí nuestra vocación y nuestra vida.
¿Quieren conocerla un poquito más?
¿QUÉ ES?
"Ven conmigo, a donde Yo estoy, en ti mismo, y te daré la clave de la existencia. Donde yo estoy, está eternamente el secreto de tu origen (...). ¿Dónde están tus manos, que no estén las mías? ¿Y tus pies, que no estén clavados en la misma cruz? ¡Yo he muerto y he resucitado una vez para siempre! Estamos muy cerca el uno del otro (...). ¿Cómo puedes separarte de mí sin arrancarme el corazón?"
(Paul Claudel, La Messe là-bas)
Es SACRIFICIO DE ALABANZA
“El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su Nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia”
(Ordinario de la Misa)
La palabra Sacrificio significa “hacer sagrada” una cosa (sacra = sagrada; fácere = hacer).
Nuestra vida es un sacrificio de alabanza, unido inseparablemente al ofrecimiento del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, que se ofrece al Padre para la redención (el perdón) de todos los pecados de todos los hombres, “para devolverle a Dios las almas a las que tiene derecho” (Madre Concepción)
“¿Cómo redime Dios al hombre? Con su Humanidad Cristo nos enseña que todo fue a costa de sacrificios (¡Y era Dios!), de esfuerzos, de renuncias, de muerte en cruz, de respeto. ¿Cómo nos pide a nosotros el rescate y la Redención?... Mediante la cruz… Pero la Cruz con Cristo… Una adoratriz es inseparable del Cristo de la Cruz… Sin la cruz no estamos adorando” (Madre Concepción)
Es MEMORIAL
“Así, pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable resurrección y ascensión al cielo, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos, en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo”
(De la Plegaria Eucarística III)
En la Última Cena dijo Jesús: “Haced esto en memoria mía”. Es connatural al corazón humano desear conservar el recuerdo de las personas a quienes hemos amado. Nuestro Señor Jesús nos ha dejado también un memorial de sí mismo como sólo Dios podía hacer: su presencia viva que diariamente viene a nosotros en la Santa Misa.
En la Misa no sólo recordamos su Pasión y Muerte, sino también la Resurrección y la Ascensión a los cielos.
Nuestra vida, como prolongación de la celebración y comunión eucarística, ha de ser para los hombres, memoria de la obra redentora de Cristo Jesús. Somos SUS TESTIGOS para el mundo, un recuerdo vivo de su presencia salvadora en la cruz y su presencia real, pero oculta en la Eucaristía. Es parte esencial de nuestra misión. Nuestro hábito religioso, es un signo para el mundo.
“Tienen un compromiso muy grande, grandísimo… ¡Son Esposas de Cristo!... Vayan y den testimonio de Dios en todas partes” (Madre Concepción)
Es BANQUETE
“Tomad y comed todos de él, porque esto es Mi Cuerpo, que será entregado por vosotros” “Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de Mi Sangre...”
(Consagración de la Misa)
Nuestra vida es un banquete sagrado. En ese banquete Jesús nos alimenta con su propio Cuerpo y Sangre, como había prometido |
en Cafarnaún:
“Yo soy el pan de vida: el que viene a Mí no tendrá hambre; y el que cree en Mí no tendrá sed jamás...
Y nos da la misión de hacernos nosotras también PAN, para todos los hombres,
de alimentar al pueblo de Dios., alcanzándoles el Pan de Vida, el Pan de la Eucaristía…
Jesús se compadece de la multitud y nos dice “Dadle vosotras de comer”
Nos envía con su Pan al mundo (sin ser del mundo). Nos envía a alcanzarles a cada uno (sin distinción) “el Pan de la Fe y el Pan de la Eucaristía” (Madre Concepción) el anuncio de la salvación, su Palabra. EL AMOR…
Jesús nos da su Cuerpo y Sangre, lo multiplica sin medida, y nos envía a llevarlo a los hombres, a todos los hombres… MISIONERAS DE LA EUCARISTIA…
Bajo las apariencias del Pan, estamos llevando a Cristo Vivo. Aún nuestro recorrer las calles y pueblos con las canastas evoca a los apóstoles repartiendo el Pan a la multitud. En el Pan se les estaba dando el mismo Cristo Vivo.
“Mis queridas hijas, no solamente tiene que “nacer” Cristo en nuestros corazones, sino que tiene que manifestarse al mundo en nosotras… ¿no es ese nuestro más grande apostolado? Ser CUSTODIAS VIVIENTES que exponen ante los ojos del mundo a Jesús, al Pan de Vida, a la Verdadera Vida…” (Madre Concepción)
¿PARA QUÉ?
“¡Alabar y dar gloria a Dios en esas horas benditas de Sagrario! Esa es nuestra misión…
Las adoratrices tienen que estar continuamente adorando, (esa es nuestra forma de pedir ayuda, de interceder) después El sabrá qué hacer con esa adoración… A esta sublime misión han sido llamadas. Como los Ángeles, que están continuamente adorando y dando Gloria a Dios… Y el Señor se comunica a través de ellos, de modo que esa adoración no se pierde, al contrario: los hace CANALES por los que El obra… En ningún momento dejan de adorar, aunque vengan en nuestra ayuda. … En esta época el Señor nos sigue diciendo “Callad y orad”, Callad y orad”… Y es el Señor quien obra a través de esa adoración…Debemos dejar pasar a Dios a través nuestro, El es el único que puede, nosotras no podemos nada…” (Madre Concepción)
PARA ALABAR
Unidas a Cristo, el gran liturgo, y a su Iglesia, nuestra vida es sacrificio de alabanza: a través de la liturgia, a la que procuramos dar el mayor esplendor, con el canto, (algunos en latín), la música, los ornamentos sagrados, el buen gusto en el adorno.
En la participación en cada Misa, en la devoción del corazón, en el rezo concentrado y atento de la Liturgia de las horas, en los momentos de silenciosa adoración ante el Santísimo Expuesto, en todo procurar alabar y dar gloria a Dios…
PARA DAR GRACIAS
Unidas a Cristo Eucaristía (EUCARISTÍA (de εὖ bien y χάρις, -ιτος gracia): sacrificio de acción de gracias) nuestra vida, no puede ser sino CONTINUA ACCIÓN DE GRACIAS al Padre, por el Hijo en el Espíritu Santo.
En la sencilla cotidianidad, en la alegría y el amor con que emprendemos nuestras tareas diarias, en el cumplimiento fiel de nuestros votos, en el respeto y el amor de unas a otras y a todos los hombres, en la gratuidad del servicio, en el trabajo hecho por amor a Dios…
PARA PEDIR PERDÓN
Unidas a Cristo Sumo y Eterno sacerdote, nuestra vida es continua súplica. De rodillas ante el manantial del Amor y de Misericordia, estamos llamadas a implorar continuamente el perdón de los pecados (los propios y los de todos) y ofrecernos en reparación por las ofensas hechas a un Dios infinitamente bueno y justo.
En las pequeñas renuncias de cada día, aún de lo lícito y bueno, en la penitencia callada; en el desprendimiento; en la entrega que duele, pero salva; en el ofrecimiento de los imponderables de cada día, en la aceptación tranquila de la Voluntad de Dios, a imitación de la Sma. Virgen…
PARA PEDIR AYUDA
Unidas a Cristo que nos dijo “todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederá”, nuestra vida es oración continua a los pies del Santo Altar ofrecida por las necesidades espirituales y materiales del mundo entero y concretamente por todas las intenciones que nos encomiendan.
En las intenciones de cada Misa celebrada en el Convento, en la adoración continua que se prolonga por turnos durante todo el día, en el clamor callado y sereno de nuestra vida silenciosa…
Las esposas de tu alma
son mi preciado tesoro
que te ofreceré en bandeja
como Corona de Oro.
Al peso de tal corona
que nimba tus puras sienes
¡Oh, Señor de mis amores,
Bendícenos, aquí nos tienes!
Aumenta tu palomar
con blancas, dulces palomas.
Y haremos de este lugar
trabajando sin cansancio
y rezando sin cesar
el más hermoso Palacio
que te puedas figurar.
A tus pies consagradas
te aguardan tus muy amadas
nos des tu conformidad.
(Madre Concepción. Del “Requiebro de Amor a Jesús”) |